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Tsunami

Por Lucía Gil Guerrero


Tsunami

Llegó como un tsunami. Al principio se notaba una brisa extraña, fría, que venía del mar. Noticias inquietantes del Lejano Oriente que iban aumentando. Nubarrones amenazantes en forma de testimonios e imágenes que escapaban al control del Régimen. El mal se iba extendiendo como una mancha de aceite por las regiones cercanas. Sucesos tan increíbles que nadie quería creer.
Me acostumbré a buscar en internet las nuevas noticias cada mañana, a primera hora. Había algo primario que me avisaba, que me hacía estar alerta. El 28 de enero me enteré del primer caso en Europa, esa mañana acudí a una reunión con colegas expertos sobre la situación, pero muchos aún no lo sabían, y la actitud mayoritaria era la de la pensar cómo combatir el alarmismo. Me sentí transportada a escenas de la película “Tiburón” donde las autoridades intentaban calmar a la población, asegurándoles que no existía ningún peligro real y que era ridículo protegerse ante una amenaza ficticia. El 30 de enero  compré varias mascarillas quirúrgicas y FFP2 para tener en casa y las guardé. Un día vinieron dos amigas y mi marido las sacó y se las enseñó para que nos riéramos. Casi solo decía mi opinión si me preguntaban, otras amigas me tachaban de apocalíptica. Italia, imágenes impactantes. Fui aprendiendo lo que podía del virus, lo que decían compañeros de otros países. Primeros casos en España. Eventos multitudinarios que seguían celebrándose. El soplo del viento huracanado rizaba ya el cabello de nuestras cabezas.
28 de febrero, última comida con mis padres y mi familia en San Sebastián. No decía nada, pero les miraba y me invadía la nostalgia, ¿Cuándo podríamos repetir algo así?, ¿Cuándo volveríamos a vernos?
Primer caso en Pamplona, ya había pasado de informarme en la prensa nacional a leer noticias locales. Primeros casos en mi hospital. La certeza de haber sido ya alcanzados, los preparativos para la batalla, para combatir y protegerse frente a lo desconocido…y la ola que llegó, el tsunami que impactó con fuerza brutal y nos arrolló.  La pelea en medio de las aguas, sin ver, agotando las fuerzas hasta la extenuación cada día. La generosidad de todos los compañeros, volcando todas sus energías y su ternura en los pacientes y en las familias. Comunicándose solo con los ojos y la voz atenuada por la mascarilla. Conversaciones telefónicas duras, interminables, con hijos, maridos, seres queridos que no podían acompañar en el último adiós, y que aun así te preguntaban qué tal estabas tú, desarmándote.
Por las plantas del hospital rondaba la muerte, pero aún más alto, iluminando, sobrevolaba el Espíritu Santo. Poderoso. Personas eran elegidas para irse, y otras para quedarse, sin saberse porqué. Vidas repasadas, fotos de nietos en las ventanas, reconciliaciones de las últimas horas. Nos movíamos en lo sobrecogedor y en el Misterio, pero nos sentíamos protegidos, tanto si nuestro camino iba a ser uno u otro. Como ministros indignos algunos médicos acercamos a nuestros pacientes, además de los remedios de la ciencia, el Auténtico Remedio, el Cuerpo del Señor. Nos sentíamos muy pequeños llevando aquella forma blanca entre nuestras manos enguantadas, revestidos con los equipos de protección, como guerreros con nuestras armaduras. Notábamos que lo que portábamos era infinitamente más poderoso que nosotros, aunque pareciera tan vulnerable y pequeño. Nos inspiraban profundo respeto esas personas emocionadas, que hacía quizá más de 20 años que no comulgaban, y que quizá morirían con Paz en unas horas.
Jornadas eternas. Vueltas a casa por calles vacías, reconquistadas por la naturaleza. Entrar sin querer tocar nada, sin permitir acercarse a los niños pequeños que te esperaban para darte un beso. Los zapatos, el bolso, el abrigo, en una caja cerrada en la entrada. Lavar todo, limpiarse una misma una y otra vez. Bolsas separadas de ropa sucia. Abrazar por fin a tu marido, a tus hijos. Comer ya sin ganas, derrotada. Caer en la cama no se sabe cuántas horas. Y a las ocho los aplausos. A veces me emocionaba, sorprendida y agradecida, ¡también eran para mí! La cena en familia, el cariño que lo cura y lo serena todo.
Y al día siguiente vuelta al frente, a la batalla, con los compañeros de armas.
Hasta que al cabo de un mes el cuerpo no aguantó y el virus hizo presa de él. Estaba tan cansada que casi fue un alivio que me tragaran las aguas, y me llevaran en un torbellino hasta el fondo, hacia zonas oscuras pero tranquilas…

Ficha del relato

Autor: Lucía Gil Guerrero

Edad: 46

Ocupación: Médico

Localidad de residencia:

Publicado el 08 Mar 2021