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Primaveras

Por Javier Agote Agundez


Primaveras

Miro a través de la puerta del balcón… Veo el cielo azul, siento el calor del sol en mi piel…

Desde hace siete años este lugar, este balcón, esta casa, son mi pequeño refugio. Durante el año pasado se convirtieron en mi salvavidas.

En este lugar buceé el silencio inabarcable de las duras, sorprendentes, eternas e inesperadas semanas de confinamiento. En él lloré con el canto de los pájaros, que habitó tantas veces ese largo y gran silencio. En él compartí desayunos, comidas, cenas, llamadas y conversaciones… En él trabajé y descansé. Sufrí y disfruté. Soñé y desperté. Me enfadé y me serené. En él viví continuos contrastes que me recordaron y recuerdan que la vida seguía y sigue, cada día.

Echo la vista atrás, para tratar de encontrar palabras. Y a la vez enfoco mi mirada en el horizonte, para sentir… y aquí me veo como si lo que ocurriera a mi alrededor fuera una película de terror, de la que yo solo he sido y soy un privilegiado espectador. Aquí me encuentro como el lector de un relato en el que otras personas están viviendo una pesadilla. Personas que están siendo protagonistas inesperadas de una dantesca historia. Personas que han perdido a sus personas. Personas que han perdido sus empleos, sus negocios. Personas a quienes el virus ha destrozado, por dentro y por fuera.

Y desde mi balcón, de nuevo, observo, me observo… Y me siento un afortunado.

Afortunado por poder seguir sintiendo el calor de los rayos de sol en mi piel y el calor de mi gente en su presencia cercana o lejana, continua o intermitente. Afortunado por poder estar escribiendo esto. Afortunado porque todo este año me ha tocado, me ha rozado, en algún momento me ha zarandeado… pero no me ha tumbado, y puedo seguir viviendo la misma privilegiada vida que tenía antes. Sigo en pie. Sigo entero. Sigo…

Son ya casi doce meses de pandemia durante los que por suerte no he perdido a nadie. Pero sí que me he perdido, por momentos, a mí mismo, en un camino largo y lleno de altibajos. De días luminosos como el de hoy, que alegran el alma. De días grises y fríos que, como el plomo, me pesan en la espalda. De días planos, insípidos, de tedio…

Días de libertad encerrada. Días de libertad sin trabas. Días de libertad a medias.

Doce meses después el balcón sigue estando aquí, acogiéndome en su pequeñez. Doce meses después el sol sigue siendo el mismo y brillando igual.

Pero yo… no lo sé. Creo que en estos meses he ido perdiendo poco a poco brillo y luz. Sigo siendo el mismo, pero creo que ya no siento lo mismo. No he podido todavía poner palabras a esta sensación. Imagino que este largo año ya pesa demasiado sobre mi espalda, aunque el día esté precioso. Imagino que también es el primer momento sereno que dedico a intentar encontrar maneras de expresar lo que sutilmente intuyo.

Menos mal que llega ya la primavera. Esa que el año pasado vivimos encerrados y que la naturaleza vivió en plenitud y sin nuestra continua molestia. Esa que siempre trae más luz, más calor, más color…

Gracias, primavera, por volver, porque este año te necesitamos más que nunca.

Ficha del relato

Autor: Javier Agote Agundez

Edad: 43

Ocupación: Profesor

Localidad de residencia:

Publicado el 28 Feb 2021