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Injusto adiós a la vida

Por Una hija que no olvidará


Nuestra historia no es única, es una más de entre tantas historias dolorosas vividas por tantísimas personas durante esta pandemia. No es el más doloroso de los dramas que han padecido millones de familias en el mundo, pero para nosotros el dolor que supone nuestra experiencia permanecerá siempre en nuestro recuerdo.

Nuestro padre ingresó en una residencia a primeros de marzo de 2020, fatídico mes de fatídico año. Era un gran dependiente al que no podíamos ya atender en casa, por su dependencia física y por su mal humor. Hay ancianos encantadores y entrañables, y hay ancianos cascarrabias y malhumorados. Nos tocó esto último, pero lo atendimos con cariño y todos hicimos todo lo que pudimos, su mujer (mi madre) y todos sus hijos, hasta que la situación nos pareció ya insostenible. Por ello decidimos llevarlo a una residencia donde pudieran atenderlo y así poder los demás volver a cierta tranquilidad, principalmente mi madre que ya no aguantaba más la esclavitud que suponía atenderle aguantando su mal carácter. No fue una decisión fácil, sobre todo para mi madre, pero en la situación en que nos encontrábamos a todos nos pareció lo mejor.

¡Qué gran error!

Fue la peor decisión que probablemente hayamos tomado la familia. A los diez días de ingresar en la residencia se decretó el confinamiento por el coronavirus y mi padre estuvo más de tres meses totalmente abandonado por su familia. Abandonado, sí, así lo vivió él.

Antes del confinamiento íbamos a visitarle, mi madre a diario y casi siempre acompañada por alguno de los hijos, a veces también de algún nieto. Lo sacábamos a dar un paseo y tomábamos algo con él, otras veces jugábamos al chinchón (siempre le gustó jugar a cartas) o simplemente charlábamos… las cosas que hace una familia normal. Él no entendía la situación o no la quería entender, pero pensábamos que se iría adaptando, mi padre siempre había sido muy sociable y creíamos que le vendría bien estar con más gente; le hacíamos ver que era lo mejor para él, en la residencia hay enfermera las 24 horas, hay profesionales que le iban a ayudar y podría quizás mejorar su situación; y todos los días iríamos a estar con él, al menos mi madre, su mujer durante casi sesenta años.

Qué confundidos estábamos. Llegó el 14 de marzo y el confinamiento. Y él se quedó abandonado en la residencia, sin las visitas de su mujer y sus hijos y sin entender por qué no íbamos a verle. En las videollamadas nos preguntaba por qué no íbamos, nos decía que estaba como en la cárcel y lloraba. Y sufría. Le explicábamos la situación, pero no era capaz de entenderla. Y cada día hablaba menos, se iba hundiendo poco a poco. Después de 90 años de vida su familia lo había abandonado.

Había tenido mal carácter, sobre todo durante su enfermedad, pero era una buena persona. Había trabajado mucho para sacarnos a todos adelante, nos dio una buena educación, y a su manera nos quería. Y después de 90 años de vida se sintió abandonado por los suyos.

Poco después de terminar el confinamiento cayó gravemente enfermo y tras dos semanas en el hospital murió. Tuvimos la suerte de que ingresó en el hospital y así pudimos estar con él, en la residencia no nos habrían dejado y habría muerto solo como un perro. En el hospital pudimos acompañarle en sus últimos días y pudo ver que su familia no le había abandonado. No murió sintiéndose en la cárcel y olvidado por los suyos.

Muchos ancianos y ancianas han muerto solos, sin la compañía de sus seres queridos en sus últimos momentos, después de una vida de dedicación y esfuerzo. O después de una vida de despreocupación de su familia. O después de una vida de amor o de desprecios. O después de una vida de holgazanería o de trabajo. O después de una vida de sacrificios o de juergas… Cada uno ha tenido la vida que ha querido o ha podido llevar, pero nadie merece morir aislado en la habitación inhumana de una residencia sin alma sin poder coger la mano de su mujer durante toda una vida, sin el beso de su nieto, sin la caricia de su hijo, sin la voz de los que quiere, sin la compañía de los suyos.

Y los que nos quedamos vivimos con el dolor del sufrimiento de los que hemos querido.

Algo tendremos que aprender de todo esto.

Ficha del relato

Autor: Una hija que no olvidará

Edad: xx

Ocupación: Trabajadora

Localidad de residencia:

Publicado el 15 Jun 2021