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Incertidumbre y soledad

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La pandemia empezó despacio. Al principio se veía lejos, como algo que ocurría en otros países. Luego se produjo el primer caso en España. Después hubo más. Lo que más recuerdo de los primeros meses fue la incertidumbre y la soledad. El encierro se anunciaba cada dos semanas, justo el día antes de renovarlo, de manera que no te daba tiempo a mentalizarte. Siempre llegaba el fin de semana y tenías la esperanza de que por fin se podría salir a la calle, pero nunca llegaba el momento.

Durante el encierro, al principio no notabas los efectos, aunque cualquier excusa (la basura, comprar) era buena para poder tomar un poco de aire y ver la luz del sol. Las horas se hacían eternas y había mucho tiempo para pensar. A mí creo que lo que más me afectó fue la inactividad y las horas vacías. En ese momento no tenía trabajo. El bombardeo continuo de casos, muertos y covid durante las 24 horas tampoco ayudaba a tener esperanza ni a evadirse.

El primer mes lo llevé bien. A partir de entonces creo que perdí el control. Normalmente soy una persona optimista y alegre, pero el no poder salir a la calle, el no poder estar con los amigos ni la familia y el perder el contacto humano me hundió psicológicamente. Incluso meses después aún me duraban los efectos del encierro. Tardé mucho tiempo en volver a ser yo mismo, si es que alguno de nosotros hemos vuelto a ser los mismos. La pandemia no ha dejado a nadie indiferente.

El desconocimiento del virus también producía inseguridad. Nadie sabía nada, las medidas se improvisaban y las informaciones eran contradictorias. Se afirmaba algo y después de desmentía. Se tomaba una medida para luego deshacerla. Era como si nadie supiera qué ocurría: ni los ciudadanos, ni los políticos, ni los científicos. Esa falta de confianza en los expertos generaba aún más inseguridad.

Cuando recuerdo aquellos momentos, me emociono. Para mí fue una prueba muy dura. No porque el virus me afectara directamente, sino porque me sentía como un preso en mi casa, sin poder salir ni hablar con nadie. Nunca me había sentido tan solo ni oprimido.

Ha tenido que pasar casi un año para que haya podido recuperar el ánimo. Ahora veo las cosas diferentes. Siempre que puedo evito estar en casa, cualquier excusa es buena para salir. También evito sentarme en el sofá delante del televisor. Cuando estoy parado siento que estoy perdiendo el tiempo, que hay algo mejor que podría hacer. Puede que haya sido una de las experiencias más duras de mi vida (si no la peor), pero creo que me ha ayudado a aprender a valorar las cosas y a disfrutar de cualquier momento, sobre todo en compañía. Ahora aprecio mucho más el contacto humano que antes.

Ficha del relato

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Edad: 37

Ocupación: Administrativo

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Publicado el 21 Jun 2021