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Caos y rutinas

Por Marta P. Muniesa Zaragozano


Empezaba 2020 con noticias inquietantes desde China que en Europa no supimos entender. Se veía todo muy lejos y muy borroso. Algunas voces, entre ellas recuerdo especialmente a la Dra. Gil, a cargo de la comisión de infecciosas en nuestro hospital, que empezaban a comentar que los datos no encajaban del todo, que aquello que nos contaban en los telediarios, leído a fondo tenía otro color, mucho más oscuro y mucho menos tranquilizador. En general, por entonces nos parecía un poco exagerado y así nos fue, tal como se vio después, esas voces tenían razón. El “bicho” llegó (o ya estaba aquí por entonces) y llegó con fuerza en un planeta absolutamente globalizado. Tan es así que llegó, que para S. José ya estábamos encerrados en casa y el 16º cumpleaños de mi hijo mayor no se pudo celebrar, ni salir de viaje como teníamos pensado. Y llegó el pánico, y con el pánico, el absurdo, litros de lejía, kilos de plástico y pocas mascarillas. No había. En casi cualquier rincón de internet había conspiraciones y tutoriales para hacer mascarillas caseras. Así de en Babia nos pilló el bicho.
Nos auto-anulamos las vacaciones de ese puente ya, y las de Semana Santa cayeron poco después. Pero de aquella época, que ahora parece casi lejana y nebulosa, tengo a fuego el recuerdo del miedo, del agotamiento, de cierta tristeza, que no era lo dominante en mi cabeza. Varios compañeros enfermaron, las bajas suponían, además, trabajo extra para los que quedábamos. Sí, soy médico, y sí, llevé una planta COVID cuando apenas sabíamos. Horas de información por teléfono, horas de rabia por no poder hacer bien las cosas, no poder coger sin miedo una mano a un paciente que se va o que se queda pero está solo.
Y de repente, una conversación por WhatsApp me trajo paz, me quitó mucho miedo, porque paró el pánico y cedió -un poco- el absurdo: “es un aislamiento, y tú sabes de eso”, me dijo mi antigua compañera y amiga, la doctora CMV. Y era cierto, algunas cosas sí sabíamos y las hacíamos bien. Porque mi miedo nunca estuvo en el trabajo, en el hospital me sentía más segura que en ningún sitio. El miedo empezaba al salir, iba yo a hacer la compra para evitar más contactos a los de casa, miedo y enfado si veía malas prácticas, y esa vergüenza nuestra que no nos deja avisar a otros de sus errores. Lejía al llegar con las bolsas. Caja en la puerta para zapatos y abrigo, no pises ahí, no toques, no me toquéis hasta que me cambie y me duche… Tardaba más de una hora y media en sentarme a comer. Y en casa todos se esforzaban por estar bien, hacer tareas y algo de ejercicio. Estoy muy orgullosa de cómo lo hicieron y de que supieran saberse con suerte por tener una casa amplia donde moverse a gusto y un pueblo tranquilo donde vivir alejados, que ahora no les parecía tan malo a los dos adolescentes.
Absurdo y rabia. El blanco de las batas y el azul de los guantes. Ojos, ojos sin rostro.
Y risas, y ánimos, y apoyos, y cariño, y dulzura, y memes, benditas bromas que me hacían reír y me mostraban ese carácter socarrón español que tanto me gusta y me ayuda en los momentos más duros. Y dulces, y cartas.
Y ahora llega otra vez S. José, y aquí seguimos. Haciendo una historia que nunca quisimos hacer.

Ficha del relato

Autor: Marta P. Muniesa Zaragozano

Edad: 43

Ocupación: Médico

Localidad de residencia:

Publicado el 28 Feb 2021